Una reina deseó una vez tener una niña con la piel blanca como la nieve, los labios rojos como una rosa y el pelo negro como un cuervo. Su deseo se cumplió, y la llamó Blancanieves. Después la buena reina murió, y el Rey se volvió a casar.
La nueva Reina tenía un espejo que no podía mentir. —Espejito, espejito, ¿quién es la más hermosa del reino? —Tú —decía el espejo cada mañana. Hasta que una mañana dijo: —Blancanieves.
La Reina mandó a un cazador a llevar a Blancanieves a lo más hondo del bosque y dejarla allí. Él la acompañó hasta los árboles más altos. —Corre —le dijo—, y no vuelvas.
Corrió hasta que encontró una casita con siete camas pequeñas. Estaba dormida, atravesada sobre tres de ellas, cuando siete enanitos volvieron de la mina con siete lámparas.
—Puedes quedarte —dijo Odo, el mayor—. Pero estamos fuera todo el día. No abras la puerta. Blancanieves les horneó el pan y les remendó las siete chaquetas, y no abrió la puerta.
—¿Espejito, espejito? —Blancanieves, en la casa de los siete enanitos. Entonces la Reina se vistió de vendedora y tocó. —¡Cintas bonitas! —gritó. Blancanieves abrió la puerta, apenas una rendija.
La Reina le ató una cinta tan apretada que Blancanieves cayó al suelo. Los enanitos volvieron a casa y la cortaron, tris, y ella respiró otra vez. —No abras la puerta —dijo Odo—. Ni una rendija.
Después la Reina vino vestida de campesina, con una sola manzana, blanca de un lado y roja del otro. —No puedo abrir la puerta —dijo Blancanieves. —Entonces abre la ventana —dijo la Reina, y ella misma mordió la mitad blanca.
Blancanieves mordió la mitad roja, y cayó, y no se levantó. Los enanitos no encontraron ninguna cinta que cortar. La acostaron en una caja de cristal en la colina y se quedaron a cuidarla, uno cada noche, durante un año.
Un príncipe llamado Karl pasó a caballo y preguntó quién era. Los enanitos levantaron la caja de cristal para que la viera. Bruno, el más pequeño, tropezó con una raíz. ¡Cataplum! Un trozo de manzana le salió volando de la boca, y Blancanieves se sentó.
La Reina le preguntó a su espejo una vez más. Entonces vino ella misma, sin disfraz. Toc, toc. —¡No abras la puerta! —dijeron los siete enanitos. Blancanieves abrió la puerta.
Se quedó en la entrada, con siete enanitos detrás, y miró a la Reina un largo rato. A la Reina ya no le quedaba nada que vender. Se fue a su casa, con un espejo que nunca volvió a hablar. Y Blancanieves dejó la puerta abierta, y así fue como el príncipe Karl entró a cenar.