Caperucita nunca abría la canasta. Ni una sola vez, en todo el camino hasta la abuela Ivy, por más largo que fuera el sendero del bosque. Un lobo gris y flaco la miraba entre los árboles.
—Esa canasta huele bien —dijo el lobo—. ¿Adónde vas? Caperucita señaló sendero abajo. El lobo corrió por delante con patas muy calladas.
En la casita el lobo ya estaba en la cama, con los lentes de la abuela. —Qué ojos tan grandes tienes —dijo Caperucita. —Para verte mejor —dijo el lobo. Y su barriga rugió muy fuerte.
Caperucita abrió la canasta. Puso el pan y la miel sobre la colcha, y el lobo comió hasta que no quedó nada. La abuela Ivy salió del armario y puso la tetera al fuego.
El lobo volvió a los árboles con un pan bajo el brazo. —Qué sonrisa tan grande tienes —gritó Caperucita. —Para agradecerte mejor —dijo él.