Ella dormía junto al fuego de la cocina, entre las cenizas, y por eso sus hermanastras la llamaban Cenicienta. Les fregaba los pisos y les cosía los vestidos. —Hay un baile en el palacio —dijo Griselda. —No para ti —dijo Maud.
La noche del baile, Cenicienta le abotonó las mangas a Maud y le recogió el pelo a Griselda. El carruaje se alejó rodando. Ella se sentó en las cenizas, junto a una calabaza que había cultivado ella misma.
—¿Esa calabaza es para sopa? —preguntó una anciana en la puerta. Era el hada madrina de Cenicienta. Toc, hizo su bastón: la calabaza era una carroza dorada. Toc: seis ratones eran seis caballos grises.
Toc: el delantal tiznado era un vestido tan dorado como la calabaza, y en sus pies había dos zapatitos de cristal. —Todo dura hasta la medianoche —dijo su madrina—. Hasta la medianoche, y ni un minuto más.
En el palacio nadie la conocía. El príncipe Leo la invitó a bailar, y después la invitó otra vez. —¿Quién es? —dijeron Griselda y Maud. Cenicienta les llevó una naranja a cada una, de la mesa del príncipe.
Dong. El reloj empezó a dar las doce. —¡Hasta la medianoche! —dijo Cenicienta sin aliento. Bajó corriendo la larga escalera, tan rápido que un zapatito de cristal se quedó atrás en un escalón.
En el camino había una calabaza, seis ratones y una muchacha con un delantal tiznado. Pero un zapatito de cristal seguía en su pie. La magia se había olvidado de él. Se lo guardó en el bolsillo y caminó a casa.
A la mañana siguiente, el príncipe Leo fue de puerta en puerta con el zapatito sobre un cojín. Griselda apretó. Maud empujó. Los talones se les salían por detrás como panes del horno.
—¿Puedo? —preguntó Cenicienta. Sus hermanas se rieron. Ella no se probó el zapatito. Metió la mano en el bolsillo del delantal y puso el otro a su lado.
Cenicienta se casó con el príncipe. Griselda y Maud también se fueron a vivir al palacio, en cuartos con chimenea propia. Esa noche todos bailaron. El reloj dio las doce. Bailaron hasta la medianoche, y luego un minuto más.