Llovía sobre el pueblo desde la mañana, y cuarenta faroles de papel colgaban apagados por el camino de la cuesta. Squirtle dijo: —Mi hermano Wooper sube esta noche. Nunca lo ha hecho a oscuras. Charmander miró el camino y después su propia cola. Puso una mano sobre la llama.
Charmander salió hasta el primer farol y acercó la cola. Una gota cayó sobre la llama y se encogió hasta quedar como una cuenta. Volvió rápido bajo el alero. —Uno más —dijo, mirando la cuesta larga y oscura—. Treinta y nueve más.
Entonces Squirtle se puso detrás de él y se inclinó justo sobre la cola de Charmander. La lluvia resbaló por el caparazón de Squirtle. Subieron el camino así, muy juntos, encendiendo un farol y luego el siguiente. —Uno más —decía Charmander en cada poste, hasta que no quedó ninguno.
Arriba, el camino ardía dorado hasta el puerto, y Wooper ya venía subiendo. Squirtle corrió a su encuentro. Después se paró y se dio la vuelta, porque detrás de él la cola de Charmander se había quedado en una cuenta naranja.
Squirtle bajó el farol más cercano de su poste y lo sostuvo abajo, bajo la cola de Charmander, fuera de la lluvia. La cuenta creció, se afirmó y creció. —Uno más —dijo Squirtle. Entonces Wooper tomó el farol siguiente, y los tres volvieron a casa por cuarenta luces cálidas.