De repente, el cielo azul se volvió de un gris profundo y soñoliento, y una lluvia fuerte empezó a hacer tac-tac-tac contra las hojas. Mientras los otros amigos del bosque corrían a sus madrigueras, Jolteon se mantuvo firme, con su pelaje amarillo brillando suavemente en la penumbra. No le tenía miedo a la tormenta porque las chispas eléctricas ya eran parte de él.
Justo cuando un trueno retumbó entre las nubes, las grandes orejas de Jolteon se movieron. Escuchó un sonido pequeñito y triste que venía de las raíces de un roble gigante. Siguiendo el ruido, se asomó dentro de un tronco oscuro y hueco.
Dentro del tronco había un Pokémon pequeñito hecho una bolita: ¡era un pequeño Pichu! El pobrecito estaba temblando y se tapaba los ojos con sus patitas. "No pasa nada", susurró Jolteon con dulzura, "soy tu amigo".
¡CRASH! Un fuerte trueno sacudió el suelo, y Pichu soltó un chillido, escondiendo su carita en el cuello de pelaje blanco de Jolteon. "¡El cielo está enojado!", gritó Pichu, temblando de miedo.
Jolteon acarició al pequeño ratoncito y dejó que una chispa suave y cálida bailara entre sus orejas. "El cielo no está enojado", explicó Jolteon con una sonrisa. "Solo está tocando una canción, como un gran tambor en un desfile".
Jolteon golpeó el tronco con su pata —pum, pum— para seguir el ritmo del trueno. "¡¿Ves?! ¡Es el ritmo de la naturaleza!", exclamó alegremente. Pichu escuchó con atención y, poco a poco, empezó a mover su patita al compás de Jolteon.
Pronto, la lluvia se detuvo y los truenos se convirtieron en un gruñido lejano. Pichu ya no temblaba; en cambio, se rió y abrazó a su nuevo hermano mayor. La tormenta había pasado, pero ellos habían encontrado una nueva amistad.