Nadie visitaba nunca a Mewtwo. Por eso se quedó mirando un buen rato la cosita que había aterrizado en el musgo, junto a su pie. Era un petirrojo bebé llamado Pip, con una pluma torcida. —A casa, por favor —dijo Pip, apuntando con el pico a lo alto del gran roble.
Mewtwo podía levantar una montaña si quería. Encendió las manos, y Pip flotó en el aire. Pero Pip pataleaba y se retorcía, y no se quedaba quieto. No quería que lo llevaran. Quería trepar.
Entonces Mewtwo hizo la cosa más pequeña que había hecho nunca. Sostuvo una hoja quieta en el aire, luego otra, y otra más, hasta lo alto del roble. Pip subió por ellas a saltitos, él solo, y arriba Mamá Luma abrió las dos alas. —¡A casa! —dijo Pip.
Luego Pip dio unos golpecitos en el sitio vacío que tenía al lado. —A casa —dijo otra vez. Pero esta vez quería decir «sube». Mewtwo lo intentó, pero su cola tiró tres bellotas y todo el nido se tambaleó. —Yo no tengo nido —dijo, y se alejó por el sendero oscuro.
Ellos lo siguieron. Luma llevaba ramitas y Pip llevaba musgo, y cuando salió la luna había un nido pequeño y redondo sobre la entrada de su cueva. Era demasiado pequeño para Mewtwo, pero estaba lo bastante cerca. —A casa, por favor —dijo Pip. —A casa —dijo Mewtwo.