La lechuza Nim abrió los ojos y era media tarde. El sol entraba por las hojas como un balde derramado. No podía ver nada.
En algún lugar abajo, algo pequeño lloraba. Nim se asomó por su hueco. —¿Quién? —llamó, que es la única pregunta que las lechuzas saben hacer.
Nim cerró los ojos y escuchó. Oyó agua a la izquierda, un camino a la derecha, y el llanto moviéndose entre dos raíces. Bajó siguiendo sus oídos.
Era un patito llamado Dilly, atorado donde se cruzaban las raíces. Nim no podía levantarlo y tampoco verlo bien. Así que llamó —¿Quién? ¿Quién? —hasta que el bosque entero respondió.
La madre de Dilly dio la vuelta al recodo corriendo. Había estado llamando toda la tarde del otro lado del agua. —¿Quién? —dijo Nim, bajito, y se volvió a la cama.