Un molinero tenía tres hijos. Al mayor le tocó el molino. Al segundo le tocó el burro. A Tom, el menor, le tocó el gato. —Un gato —dijo Tom. —Déjamelo a mí —dijo el Gato—. Pero voy a necesitar botas.
Tom gastó su última moneda en un par de botitas rojas. El Gato se las puso, se paró en dos patas e hizo una reverencia. Después atrapó un conejo gordo en un saco y se fue marchando a ver al Rey.
—Un regalo de mi amo, el Marqués de Carabás —dijo el Gato. No existía ningún marqués. Solo existía Tom, dormido en un pajar. Pero al Rey le gustaba mucho el conejo.
Al día siguiente, la carroza del Rey pasó junto al río, con la princesa Rosa adentro. —Métete al agua —dijo el Gato. —No sé nadar muy bien —dijo Tom. —Déjamelo a mí —dijo el Gato.
—¡Auxilio! ¡Unos ladrones se llevaron la ropa de mi amo! —gritó el Gato. El Rey mandó traer un traje de terciopelo azul. Tom subió a la carroza, chorreando. La princesa Rosa le pasó su pañuelo.
El Gato corrió por delante hasta los segadores del campo. —El Ogro, dueño de estos campos, no es amigo de ustedes —dijo—. Díganle al Rey que son del Marqués de Carabás. Y al Ogro déjenmelo a mí.
Al final del camino estaba el castillo del Ogro. —Dicen que usted puede convertirse en cualquier cosa —dijo el Gato. El Ogro se volvió león, y el Gato trepó por las cortinas como un rayo, con botas y todo.
—Muy bien —dijo el Gato desde la barra de la cortina—. ¿Pero algo chiquito? ¿Un ratón? Eso no lo puede hacer nadie. —¿Nadie? —rugió el Ogro. Y ahí, en el piso, había un ratón.
El Gato le puso una pata sobre la cola. —El castillo, por favor —dijo. El ratón chilló que sí, salió corriendo por una grieta de la pared y nunca más volvió a ser Ogro. La carroza del Rey llegó hasta la puerta.
—No soy marqués —le dijo Tom a la princesa Rosa—. Soy hijo de un molinero. —Ya lo sé —dijo ella—. Tu gato habla demasiado. Se casaron en primavera. Años después, cuando el Gato ya era viejo y lento, Tom lo subió en brazos por la escalera. —Déjamelo a mí —dijo Tom.