La abuela Nana recortó un hombre de jengibre para el cumpleaños de su nieto y lo metió al horno. Cuando abrió la puerta, él se sentó en la bandeja. Después saltó al suelo y corrió.
—¡Corre, corre, tan rápido como puedas! —gritó. La abuela Nana corrió tras él. El perro Pimienta corrió tras la abuela Nana, y una vaca del camino corrió tras Pimienta.
Jengibre llegó primero al río y se detuvo. El agua era ancha y marrón y ligera. Detrás de él el camino estaba vacío, y todos se habían rendido.
Un zorro se ofreció a llevarlo al otro lado sobre su nariz. Jengibre miró hacia atrás, camino arriba. La abuela Nana estaba sentada en la orilla con la mano en el pecho, muy lejos.
—No, gracias —dijo Jengibre, y volvió caminando todo el camino. La abuela Nana lo llevó a casa en la palma de la mano. —Corre, corre —dijo ella. —Hoy no —dijo Jengibre.