Había una vez un rey muy mandón que quería todo de inmediato. Les decía a todos: «¡Traigan comida! ¡Traigan juguetes! ¡Traigan oro!». Pero el rey nunca quería ayudar ni hacer ningún trabajo.
En el pueblo vivía un niño llamado Milo, que hacía pequeños trabajos para salir adelante. Barría escalones, cargaba cestas y ayudaba a los vecinos, y siempre decía: «¡Puedo intentarlo!». La gente empezó a confiar en Milo, y pronto ganó lo suficiente para comprar comida caliente y ahorrar monedas.
Un día el castillo se quedó sin ayudantes, y el rey no tenía idea de cómo cuidarse solo, así que tuvo que irse y aprender a empezar desde el principio. Milo siguió trabajando y ahorrando hasta que compró una casa muy grande y bonita, y compartía sopa con cualquiera que tuviera hambre. El rey se encontró de nuevo con Milo, y Milo amablemente le enseñó a hacer tareas sencillas. El rey sonrió y dijo: «Yo también lo intentaré», y las cosas mejoraron para él.