El bebé Ro no se dormía, y a la casa ya no le quedaban ideas. Así que la gata Sable salió a coleccionar cosas silenciosas. Tenía una lista muy buena.
Trajo una pluma, y un ala de polilla, y una pelusa de polvo de debajo de la escalera. Las puso junto a la cuna. El bebé Ro las miró y lloró igual.
Entonces Sable trajo cosas más silenciosas todavía. Nieve del alféizar. El interior de un caracol. Una sombra, doblada muy pequeña. Ni un sonido salió de ninguna, y ni un sonido salió tampoco del bebé Ro.
Para la medianoche a Sable se le acabó el silencio. Se subió a la manta, apoyó la barbilla y se rindió. Entonces algo empezó dentro de su pecho, ella sola.
No era nada silencioso. Seguía y seguía como un motorcito debajo del piso. La abuela llegó a la puerta y se detuvo, porque el bebé Ro estaba dormido.