Eevee invitó a Pikachu a dormir en su granero. Arriba, en el pajar, había una cama de heno para los dos. Pikachu la tocó con un dedo. —En mi casa no es así —dijo—. Mi cama es lisa.
El heno le picaba la espalda. Pikachu soltó una chispa para aplastarlo. ¡Paf! El heno saltó por todas partes, y Eevee quedó redonda y esponjada como un diente de león.
Eevee le trajo su almohada: un saco de avena. Crujía. —En mi casa no es así —dijo Pikachu—. Mi almohada es blandita. Eevee empujó el saco a un rincón sin decir nada.
El granero hacía cric. El viento hacía fuuu. Arriba, en la viga, Hoothoot hacía uuh, uuh. —En mi casa no es así —dijo Pikachu—. En mi casa hay silencio.
Eevee ya no tenía nada más que traer. Pikachu dobló su manta y fue hasta la escalera. —Me voy a mi casa —dijo. Eevee no le pidió que se quedara.
Eevee dio tres vueltas en el heno y se acostó hecha una rosquita. En el medio dejó un hueco. —En mi casa dormimos así —dijo—, en montoncito. El hueco tenía justo el tamaño de un Pikachu.
Pikachu bajó un escalón. Subió dos. Se metió en el hueco, y Eevee le tapó la nariz con la cola. El heno ya no picaba. El cric y el fuuu sonaban muy lejos. Y se durmieron los dos.
Por la mañana, Pikachu volvió a su casa con una pajita de heno en la oreja. Esa noche su cama estaba lisa. Su almohada estaba blandita. Había muchísimo silencio.
Pikachu dio una vuelta. Dio otra. Se hizo una rosquita él solo, pero en el medio no había nadie. —En mi casa no es así —dijo bajito.
Toc, toc. En la puerta estaba Eevee, con heno en la cola. Miró la cama lisa y la almohada blandita. —En mi casa no es así —dijo Eevee. Dio tres vueltas, dejó un hueco, y desde entonces fue así en las dos casas.