Batty se bajó sus gafas rojas de aviador sobre los ojos con un chasquido. "Esta noche, no estornudaré para volar", le declaró a la luna, batiendo sus alas con fuerza. El Profesor Hoot suspiró, abriendo un ojo: "Intenta evitar los objetos sólidos esta vez, muchacho".
Se lanzó al aire y, ¡sorprendentemente!, ¡estaba planeando! El viento silbaba en sus oídos, pero Batty pronto se dio cuenta de que dirigir el rumbo era mucho más difícil que aletear. Se desvió de lado, directo hacia el borde del bosque seguro.
Un octágono rojo y alto apareció de entre la oscuridad al final del camino. Batty entrecerró los ojos, intentando leer las letras blancas, pero... ¡PUM! Rebotó justo en la señal de metal, viendo pequeñas estrellas amarillas girar alrededor de su cabeza.
Girando mareado, salió disparado hacia atrás hasta un rincón oscuro y acogedor entre dos ramas de roble. De repente, se sintió muy pegajoso. ¡Había volado directo hacia la red más grande y sedosa que jamás había visto!
Una pequeña araña verde que llevaba un gorro de dormir azul bajó por un hilo. "Disculpe", dijo la araña cortésmente, "usted es demasiado pesado para ser una mosca". Batty se disculpó profusamente mientras se liberaba, llevándose sin querer la mayor parte de la telaraña con él.
El vuelo de regreso a casa fue tambaleante y lento. Batty estaba cubierto de seda blanca pegajosa y tenía un pequeño moretón morado alrededor de su ojo izquierdo por la señal de alto. Aun así, mientras aleteaba, una amplia sonrisa llena de dientes se dibujó en su cara.
Aterrizó de golpe en la rama, rodando como una bola de nieve pegajosa hasta que golpeó el pie del Profesor Hoot. "¡Luché contra un gigante rojo y un monstruo pegajoso!", festejó Batty, con un aspecto desastroso. "¡Y no puedo esperar para volver a salir mañana!"