De vuelta en Ciudad Topo, todos arreglaban carteles torcidos y barrían túneles polvorientos. Milo y Max revisaron cada linterna para asegurarse de que brillaran con fuerza. «Estamos a salvo», dijo la Alcaldesa Mabel, «pero también debemos ser listos».
La Alcaldesa Mabel desplegó su mapa y señaló el lugar por donde entró la pala. «Ese agujero es como una puerta abierta», explicó. Los habitantes de Ciudad Topo asintieron, y todos empezaron a amontonar tierra suave para cerrarlo con cuidado.
Milo no quería estar enfadado para siempre. «Tal vez el Granjero Fluffy no sabía que vivíamos aquí», dijo en voz baja. Max le apretó la patita a Milo, y decidieron dejar una nota amistosa cerca del huerto de melones allá arriba.
Esa noche, Milo y Max subieron por un túnel secreto hasta el borde de la granja. Pusieron la nota bajo una piedra lisa donde fuera fácil de encontrar. «Por favor, cava con cuidado», decía la nota, «y nosotros ayudaremos a que tu jardín crezca».
De vuelta bajo tierra, el pueblo escuchaba los sonidos de arriba. En lugar de raspaditos que daban miedo, solo oyeron pasos suaves y un «¡Oh!» sorprendido y bajito. La Alcaldesa Mabel sonrió: «Mañana veremos qué pasa después... ¡continuará!».