En la playa, el mar va y viene, va y viene. Pero en una charca entre las rocas, algo daba vueltas. Era una ola chiquita. —Me llamo Olita —dijo—. El mar se fue sin mí.
—¡Fácil! —dijo Squirtle. Tomó aire y lanzó su chorro de agua más fuerte. La charca se llenó hasta el borde. Olita siguió dando vueltas, igual que antes.
Pikachu la recogió en una concha grande para llevarla corriendo. Pero en la concha Olita se quedó plana. —Así no soy ola —dijo—. Soy agua nada más. La devolvieron a la charca.
Entonces Pikachu cavó un caminito en la arena, rápido como un rayo, desde la charca hasta el mar. El agua empezó a correr. Y se paró. Alguien había puesto tres piedras en medio.
Detrás de las piedras estaba Krabby, con las pinzas en alto. —Si ella se va, mi charca se queda quieta —dijo Krabby—. Con ella, mi charca baila.
Squirtle tomó aire, y Pikachu le tapó la boca. Se sentó junto a Krabby y le enseñó una raya oscura en la roca, con algas y conchitas. —Hasta aquí sube el mar todos los días —dijo—. Va y viene.
Krabby miró la raya mucho rato. Tocó las algas mojadas. Después quitó las tres piedras él solito, una por una, con su pinza grande.
El mar subió por la arena. Una ola larga entró por el caminito, y Olita saltó encima. —¡Va! —gritó Squirtle. Y Olita se fue, cada vez más lejos, hasta que fue todo el mar.
La charca se quedó quieta. Krabby se sentó en el borde. Pikachu y Squirtle se sentaron con él, uno a cada lado, y no dijeron nada. El sol bajó. El mar subió hasta la raya.
—¡Viene! —dijo Krabby. Olita entró en la charca con cien olitas más, y la charca bailó. Ya era hora de irse. Krabby agarró la cola de Pikachu con la pinza. —Va y viene —dijo Pikachu. Y Krabby lo soltó.