Bulbasaur regaba su jardín, planta por planta. —¿Ya hay fresas? —preguntó Pikachu. —Poco a poco —dijo Bulbasaur. Pikachu dio tres vueltas corriendo al jardín. Cuando volvió, no había crecido nada.
—Voy por más agua —dijo Bulbasaur—. Cuida el jardín. Que nadie se coma ni una hoja. Pikachu se plantó en la puerta, con las orejas tiesas y las mejillas listas.
Crac, crac. En la lechuga más grande había un agujero, y en el agujero, una carita verde. —Me llamo Miga —dijo la Caterpie, con la boca llena.
Pikachu la llevó corriendo hasta el otro lado de la cerca. Volvió como un rayo y se sentó a vigilar. Al rato: crac, crac. Miga había vuelto, poco a poco.
Pikachu encendió las mejillas. Miga no se escondió. —Tengo que comer muchísimo —dijo—. Voy a hacer una cosa muy difícil y necesito fuerzas. Pikachu apagó las chispas.
Pikachu hizo una raya en la tierra con la cola. —Esta fila de lechugas es tuya —dijo—. Las demás, no. Miga se comió su fila hoja por hoja, poco a poco, y se puso redonda.
Bulbasaur volvió y vio la fila llena de agujeros. Miró a Pikachu. Miró a Miga, que ya no cabía en una hoja. No dijo nada. Regó también esa fila.
Una mañana Miga no estaba. Bajo una hoja colgaba un capullo verde, muy quieto. Pikachu se sentó debajo y no corrió ni una vuelta. —¿Ya? —preguntaba Bulbasaur cada día. —Poco a poco —decía Pikachu.
Y una mañana el capullo estaba vacío. Sobre el jardín volaba Miga, con dos alas blancas nuevas. Ahora era una Butterfree. Fue de flor en flor, por todas las filas.
Donde Miga se posaba, la flor se volvía fresa. Poco a poco, el jardín se llenó de rojo. La primera fresa la partieron en tres. Y Pikachu se la comió muy, muy despacio.