Ash tenía la mochila puesta y un pie en la puerta. Pero el gancho de la gorra estaba vacío. —Sin gorra no salgo —dijo Ash, y se sentó en el escalón. Pikachu salió a buscarla.
En el jardín, la gorra caminaba sola por el césped. —¡Ahí va! —gritó Pikachu. Corrió como un rayo, que era lo que mejor sabía hacer. La gorra se metió por un agujero y desapareció.
Del agujero salió Diglett, con la gorra hasta los ojos. —Aquí arriba el sol pica mucho —dijo Diglett. Pikachu le trajo la hoja más grande del jardín. Se frotó las mejillas y, ¡chas!, la hoja se quedó pegada: un sombrero verde.
Pikachu dejó la gorra en la orilla del arroyo para beber agua. Cuando levantó la cabeza, la gorra navegaba arroyo abajo. —¡Ahí va! —dijo Diglett. Dentro iba Poliwag, remando con la cola.
—Siempre quise un barco —dijo Poliwag. Pikachu corrió por la orilla, pero el arroyo corría igual que él. Entonces se paró. Puso una corteza en el agua, con un palito y una hoja de vela.
Poliwag saltó al barco de corteza: era más grande y tenía vela. Pikachu colgó la gorra mojada en una rama para secarla. —¡Ahí va! —dijeron Diglett y Poliwag a la vez. Pidgey se la llevaba volando.
Pikachu trepó al árbol más alto del jardín. En la última rama estaba la gorra, boca arriba. Dentro dormían tres pichones, calentitos, pico con pico. —Mi nido de palitos pincha —susurró Pidgey.
Pikachu miró la gorra. Miró a los pichones. Uno bostezó sin abrir los ojos. Esta vez Pikachu no buscó nada para cambiar. Bajó del árbol despacito, con las manos vacías.
—¿Y mi gorra? —preguntó Ash. Pikachu señaló el árbol, y Ash miró un buen rato hacia arriba. —Ahí se queda —dijo Ash, bajito—. Pero sin gorra no salgo. Y se volvió a sentar en el escalón.
Entonces Pikachu trepó por la mochila, se sentó en la cabeza de Ash y agachó las orejas. A Ash se le puso todo el pelo de punta. —¡Ahí va! —gritaron Diglett, Poliwag y Pidgey. Y allá fue Ash, con su gorra amarilla.