La noche llegó al prado y Ash extendió las mantas. Eevee se quedó de pie, mirando la hierba oscura. —No me acuesto sin una lucecita —dijo Eevee. Pikachu movió las orejas y se levantó.
Ash colgó un farol de cristal vacío en una rama baja. —Brilla, Pikachu, brilla —dijo Eevee. Pikachu soltó una chispa y el prado se puso blanco un segundo. Después todo volvió a estar oscuro.
—Las chispas se acaban enseguida —dijo Ash—. Las luciérnagas no. Pikachu descolgó el farol y echó a correr entre la hierba alta. Eevee y Ash fueron detrás.
La hierba alta estaba llena de puntitos verdes. —Brilla, Pikachu, brilla —dijo Eevee. Pikachu soltó una chispa enorme y todos los puntitos desaparecieron. —Las luces pequeñas se esconden de las grandes —dijo Ash.
Pikachu se sentó junto al arroyo y se quedó quietecito. Poco a poco, una luciérnaga bajó hasta su nariz. —Me llamo Lucía —dijo—. Estoy buscando a los míos.
Lucía llamó y llegaron dos, y luego seis, y luego muchísimas. Se posaron en el cristal como puntitos de oro. Ash cerró la tapa con mucho cuidado.
De vuelta en las mantas, el farol brillaba como una lunita amarilla. Eevee dio tres vueltas y se acostó. —Ya está —dijo Ash—. Buenas noches.
Pero Lucía daba golpecitos en el cristal con las alas. —Mi familia me está buscando ahí fuera —dijo Lucía—. Aquí dentro nadie ve mi luz.
Eevee se sentó. Miró el farol y miró la hierba negra. —Ábrelo —dijo Eevee. Ash levantó la tapa y todas las lucecitas se fueron al prado.
Pikachu se quedó muy quieto, con las mejillas tibias y bajitas. Una a una, las luciérnagas se encendieron: primero Lucía, luego cien más sobre la hierba. —Brilla, Pikachu, brilla —susurró Eevee—, despacito, despacito. Y con el prado entero por farol, los tres se durmieron.