Un relámpago pintó de blanco toda la cabaña. Togepi escondió la cabeza, las manos y los pies dentro de su cáscara. —Cuenta conmigo —dijo Ash—. Uno… dos… tres… ¡BRUUUM! Tres: la tormenta estaba muy cerca.
Otro relámpago. —Uno… dos… —contó una vocecita dentro de la cáscara. ¡BRUUUM! Ash se tapó las orejas con la almohada. —Así no hay quien duerma —dijo. Pikachu sacó chispas por las mejillas: él también sabía tronar. Abrió la puerta y salió a la lluvia.
Pikachu subió la colina salpicando en todos los charcos. Arriba no había una tormenta enorme. Había una sola nube, pequeña y oscura, tan bajita que rozaba la hierba.
—¡Vete a tronar a otra parte! —gritó Pikachu, y soltó su rayo más grande. La nube dio un brinco y abrió dos ojos redondos. —¡Ay! —dijo—. Casi me dormía. Y tronó más fuerte que nunca: ¡BRUUUUUM!
—No son truenos —dijo la nube—. Son bostezos. Me llamo Nimba, y no sé dormirme si nadie cuenta conmigo. Pikachu conocía ese ruido. A él también le tronaban las mejillas cuando se caía de sueño.
Pikachu se sentó en la hierba mojada y guardó sus chispas. —Uno… —dijo, muy despacio—. Dos… A Nimba se le cerró un ojo. —Tres… Brum, hizo Nimba, bajito, como una puerta lejana.
Pikachu contó otra vez, más lento todavía. Uno… dos… tres… Nimba se puso blandita y gris clarito, y su lluvia se volvió un hilo fino. Ya no bostezaba. Pikachu bajó la colina de puntillas.
En la cabaña, Ash dormía y Togepi dormía. Pikachu se acostó, pero sus mejillas hacían chis, chas, y la pared se encendía y se apagaba. Había una tormenta chiquita dentro de la cabaña, y era él.
Una cáscara se movió. Salieron dos pies, luego dos manos, luego una cabeza con cinco puntas. Togepi caminó hasta Pikachu y le puso una mano en la mejilla. —Uno… —dijo Togepi—. Dos…
Antes del tres, Pikachu ya dormía. Togepi se acurrucó a su lado, con la cabeza bien afuera. Muy lejos, sobre la colina, Nimba hizo brum. Nadie lo contó.