Geppetto era un tallador de madera con un solo abrigo y ningún hijo. Un invierno talló un títere de un leño que se reía. —Te llamaré Pinocho —dijo. El títere le dio una patada, y luego lo abrazó.
Geppetto vendió su único abrigo para comprarle a Pinocho un libro de escuela. Volvió a casa en camisa, bajo la nieve. —Iré derecho a la escuela —dijo Pinocho—. ¡De verdad!
Pero en el camino había un tambor, y una carpa, y un teatro de títeres. Pinocho vendió el libro por una entrada. Al titiritero le gustó un títere sin hilos. Le dio cinco monedas de oro para su padre.
Un Zorro cojo y un Gato con lentes oscuros oyeron tintinear las monedas. —Siémbralas en el Campo de los Milagros —dijo el Zorro—. Por la mañana tendrás un árbol de oro. —¡De verdad! —dijo el Gato.
Pinocho cavó un hoyo y sembró las cinco. Las regó con su sombrero. Por la mañana no había ningún árbol. Solo había un hoyo, y huellas de patas que se alejaban.
Un Hada de cabello azul lo encontró sentado junto al hoyo. —¿Dónde están las monedas de tu padre? —preguntó. —Las perdí en el bosque —dijo Pinocho—. ¡De verdad! Y la nariz le creció, larga como una cuchara.
—Se las llevó un ladrón. ¡De verdad! Ahora era larga como una escoba. —Se las llevó un pájaro. ¡De verdad! Ahora Pinocho no podía darse vuelta en el cuarto. El Hada se sentó y esperó.
Entonces se lo contó todo: el libro, la entrada, el Zorro, el hoyo. Con cada palabra verdadera, la nariz se le hacía más corta. —Tu padre se fue al mar en un botecito —dijo el Hada—, a buscarte.
Pinocho corrió a la orilla y saltó al agua. La madera flota, así que nadó toda la noche. Entonces el mar se abrió como una puerta. Un pez grande como un cerro se lo tragó entero.
Adentro estaba oscuro como un armario. A lo lejos ardía una sola vela. En una mesita, comiendo sardinas, estaba sentado Geppetto. —¿Fuiste a la escuela? —preguntó.
—No —dijo Pinocho—. Vendí el libro. Perdí las monedas. Le mentí tres veces a un Hada. Geppetto levantó la vela y le miró la nariz. No se movió. —Vine a llevarte a casa —dijo Pinocho—. De verdad.
El gran pez dormía con la boca abierta. Salieron de puntillas por encima de su lengua, y Geppetto volvió a casa montado en la espalda de Pinocho, porque la madera flota. Esa noche pasó el Hada. Por la mañana, un niño de carne y hueso despertó en la cama del títere, y su nariz era justo del tamaño que debía.