La cascada caía blanca y ruidosa, y Psyduck estaba en la parte baja sin hacer nada. Abajo, Magikarp se lanzaba contra la pared de agua y resbalaba otra vez. —Tengo que llegar arriba —dijo Magikarp. Psyduck dijo: —¿Psy?
Psyduck decidió ayudar. Se apretó la cabeza con las dos manos y cerró los ojos con fuerza, y le empezó a doler la cabeza como siempre. Una roca salió del río, se tambaleó y cayó justo donde no debía. —Psy —dijo Psyduck, y se sentó en el agua.
Así que dejó de apretar y solo miró, que era lo que mejor se le daba. A un lado, el río bajaba en escaloncitos planos, ninguno más alto que un pez. Psyduck señaló. Magikarp subió los escalones de un salto en un salto, y ya estaba arriba.
Desde arriba, Psyduck veía muy lejos. No miró las colinas. Miró derecho hacia abajo, a la poza, y la poza estaba llena de naranja. Todos los Magikarp golpeaban el mismo sitio equivocado de la roca, una y otra vez.
Psyduck bajó otra vez y se paró en la entrada de los escaloncitos de piedra. Estiró un brazo y dijo: —Psy. Vino uno, luego cuatro, luego todos, saltando por las piedras planas en una larga fila naranja. «¿Psy?» siempre había sido una pregunta, y ahora era el camino hacia arriba.