A Ricitos de Oro le gustaban las cosas a la medida. Sus trenzas eran iguales y sus calcetines hacían juego. En lo hondo del bosque encontró una puertecita abierta, y entró.
Tres tazones de gachas humeaban sobre la mesa. Uno estaba muy caliente. Uno estaba muy frío. El más pequeño estaba a la medida, y Ricitos de Oro se lo comió entero.
Probó tres sillas, y la más pequeña se rajó debajo de ella. Probó tres camas. La más pequeña estaba a la medida, y Ricitos de Oro se durmió profundamente.
Papá Oso, Mamá Osa y Osito volvieron a casa. —Alguien se comió mis gachas —dijo Osito—. Y mi silla está rota. Quiero mi silla de vuelta. Ricitos de Oro se sentó en la camita.
Ricitos de Oro miró los tres tazones, las tres sillas, las tres camas. —Uno para cada uno de ustedes —dijo. Arregló la sillita con cordel, y Osito se sentó. A la medida.