Snorlax dormía en lo alto de la colina. Dormía de día, de noche y entre comidas. Si alguien lo despertaba, abría un ojo y decía: —Cinco minutitos más. Y dormía cinco horas.
Una noche, una luz blanca le hizo cosquillas en los párpados. Era la Luna, tan bajita que casi le tocaba la nariz. —¿Cómo lo haces? —preguntó la Luna—. Yo no he dormido nunca.
—Es fácil —dijo Snorlax—. Cierras los ojos, así… Y se quedó dormido. La Luna esperó. Luego le alumbró un párpado. —Cinco minutitos más —dijo Snorlax.
—Después bostezas, así… —Y se durmió otra vez, con la boca abierta. La Luna probó ella sola. Cerró los ojos, y toda la colina se quedó a oscuras.
Abajo, en el prado, las Clefairy bailaban en rueda. Se pararon de golpe. —¿Quién apagó la Luna? —preguntó Cleo, la más chiquita. La Luna abrió los ojos enseguida. —No puedo dormir —dijo—. Me necesitan.
Snorlax miró a las Clefairy. Miró a la Luna, que tenía la luz flojita. Entonces hizo algo que no había hecho nunca. Se levantó de noche.
Subió a la roca más alta y se sentó con la panza hacia el cielo, redonda y clarita. —Cinco minutitos —le dijo a la Luna. La Luna se tapó con una nube, y las Clefairy bailaron alrededor de la panza de Snorlax.
Lo difícil era no dormirse. A Snorlax se le caían los párpados. Cleo le tiraba de una oreja. Snorlax contó estrellas, se pellizcó un pie y aguantó toda la noche, sin cerrar ni un ojo.
Las Clefairy se fueron a la cama. Detrás del monte asomó un rayito: el Sol. La Luna seguía dormida en su nube. —Chsss —le dijo Snorlax al Sol—. Cinco minutitos más. Y el Sol esperó.
Cuando la Luna despertó, le dio un beso de luz en la frente y se fue. Snorlax se tumbó por fin. Los pájaros cantaron. —Cinco minutitos más —dijo Snorlax. Y esta vez, nadie lo despertó.